"A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota.". Madre Teresa de Calcuta

viernes, 11 de enero de 2013

LA MAGIA DEL RODODENDRO

Hace uno días tuve un sueño en el que paseaba en un bosque de rododendros en Nepal, muy  similar a los que en más de una vez tuve la oportunidad de sentir en alguno de  mis trekkings por el Annapurna o Ganesh Himal o el del Everest.
Hoy he abierto una de las ventanas que nos ofrece internet y he encontrado esta bella leyenda:


EL RODODENDRO Y EL ALISO

Arriba, muy arriba, las montañas se encuentran con el cielo. La vida surge de una capa de tierra muy fina y depende de muy poco aire. El único árbol capaz de florecer orgulloso en un entorno así es el rododendro. Pero cuentan que, en una ocasión, el rododendro deseó intensamente tener compañía. Envuelto en los vientos del invierno, se dirigió hacia abajo, mucho más abajo, al lugar en el que el pequeño aliso luchaba por aferrarse a la ladera.

—Buen aliso —le dijo —, soy tu señor. Quiero honrar tu humildad. Nos unire­mos. Yo te ayudaré a escalar la montaña. Basta que digas que serás mío, y te condu­ciré hasta mis alturas.

El aliso miró a su alrededor. No vio más que un arbusto sin flores y con las hojas rizadas por el frío.
Orgulloso, estiró sus ramas y se giró hacia el arbusto:
—Mi savia contiene sangre real. ¡Tú no eres suficientemente bueno para mí! —espetó.
Pero cuando llegó el calor del verano, el rododendro, que estaba en las altas cumbres, floreció y se llenó de color carnesí, púrpura y blanco. Impresionado por la belleza de las flores, el pequeño aliso se enamoró del arbusto. El árbol hizo todo lo posible por llamar su atención, su corteza y sus hojas relucían, pero sus esfuerzos eran en vano. El rododendro seguía ofendido y no miraba siquiera al árbol.
AI final, el aliso, con el corazón destrozado, arrancó sus raíces y rodó montaña abajo. En su caída, sus ramas arrastraron rocas que provocaron avalanchas.
Así, en nuestros días, cuando se produce una gran avalancha, los nepalíes cul­pan al pequeño aliso. Y si te fijas, observarás que los alisos siempre están entre rocas, mientras que, en lo más alto, un rododendro mira en otra dirección-